Vencer con la protección divina 2 часть

Ni mediación ni perdón. Todos los militares hablaban y ha­blaban de un proceso de «depuración», como si hubiera que «purificar» España de los «cuerpos enfermos». Y hubo mu­chos eclesiásticos, obispos, religiosos y sacerdotes, que los su­peraban con creces en la defensa del asesinato y de la sinra­zón. «Estamos en la hora de vencer. Luego vendrá la de convencer. Convencer a los vencidos y ayudar a los vencedo­res a forjar una España grande para un Dios inmenso», pensa­ba ya el 1 de abril de 1937 Martín Sánchez-Juliá, dirigente de la Acción Católica Nacional de Propagandistas. La pacifi­cación por las armas, a punta de espada. Así era la paz que te­nía que llegar.

De los pulpitos salían voces atronadoras pidiendo el ex­terminio del contrario. Lo sabemos gracias a los testimonios fidedignos de Gumersindo de Estella, del entonces cura de Alsasua Marino Ayerra, de Georges Bernanos, de Antonio Bahamonde, o de Antonio Ruiz Vilaplana, secretario del Juzgado de Instrucción de Burgos que «dio fe» y relató sus experien­cias desde París tras huir de la «España nacionalista». En esa ciudad castellana, que tanto olió a incienso y asesinato necesa-


rio desde julio de 1936, el predicador de la iglesia de la Mer­ced pedía un castigo implacable para los enemigos de Dios:

«Habéis de ser con esas personas, todos hemos de ser, como el fuego y el agua..., no puede haber pactos de ninguna clase con ellos... no puede haber perdón para los criminales destructo­res de las iglesias y asesinos de los sagrados sacerdotes y reli­giosos. Que su semilla sea borrada, la semilla del mal, la semi­lla del diablo. Porque verdaderamente, los hijos de Belcebú son los enemigos de Dios.»

Fallaron todos los intentos de acabar la guerra por medio de una paz negociada, auspiciados por Manuel Azaña, presi­dente de la República, y acogidos incluso favorablemente por el Vaticano en la primavera de 1937, en el mismo momento en el que Franco pedía a Goma que se difundiera en el extranjero un escrito colectivo del episcopado español para «llegar a po­ner la verdad en su punto, haciendo a un mismo tiempo obra patriótica y depuración histórica», es decir, para «desvirtuar» la información «falsa y tendenciosa» que por esos países co­rría y que tanto daño estaba haciendo «al buen nombre de Es­paña y de la Iglesia». Nadie en la España de Franco quería ha­blar de «convivencia», de «seguir viviendo juntos para que la nación no perezca», como pedía Azaña en Valencia el 18 de julio de 1937, un año después del inicio de aquella «guerra te­rrible, guerra sobre el cuerpo de nuestra propia patria».



El cardenal Goma en ese tema era un militar más, que re­chazaba cualquier paz que no fuera la de las armas y que in­cluso, como primado de la Iglesia de España y representante oficioso de la Santa Sede hasta octubre de 1937, aconsejaba al Vaticano que no colaborara en los intentos de lograr un ar­misticio, consejo en el que también insistía desde Roma el ge­neral de los jesuítas Ledóchowski. Pocos eclesiásticos, tan po­cos que ni siquiera se les oía, mostraron su desacuerdo con esa posición.

Las voces discordantes venían de fuera, de intelectuales ca­tólicos franceses como Francois Mauriac o Jacques Maritain, que escandalizados por tanto crimen bendecido crearon el Co­mité Francés para la Paz Civil y Religiosa en España. Pero la Iglesia católica española sentía pavor ante un posible cambio


de rumbo, una vuelta a la República y a su anticlericalismo, precisamente ahora que por medio de la espada y la cruz resu­citaba la España imperial, una, grande y libre, «con sus leyes católicas, su enseñanza católica, su moral católica, su Iglesia católica como la única oficial» y se estaba derribando al «co­munismo macho» y al «comunismo femenino», como los lla­maba Manuel González, obispo de Falencia, uno con «pisto­las y teas», y el otro sin nada, «ni medias en las piernas, ni mangas en los brazos..., ni vergüenza en la cara, ni un pensa­miento serio en la cabeza».



Leyes católicas, enseñanza católica, moral católica, con la Iglesia católica como la única oficial, sin la menor concesión al pluralismo cultural y religioso que empezó a echar raíces en España en las primeras décadas del siglo XX. Por eso no cabía la posibilidad de «seguir viviendo juntos» en esa España que resucitaba y eliminaba a los «hijos de Belcebú». Como el fue­go y el agua. Cristo y Anticristo se daban la batalla en suelo español.

Venció Cristo. Y sin posibilidad alguna de una paz negocia­da, llegó la paz de los cementerios, de la consolidación del ré­gimen de terror sin guerra. Toda Cataluña cayó rendida a los pies de las tropas de Franco en apenas un mes, en medio de la exaltación patriótica y religiosa. A mediados de enero de 1939 entraban en Tarragona. A las puertas de la catedral, y ante una compañía de infantería que rendía honores, el goberna­dor militar recibió la llave de la catedral. Abrió la puerta y el oficiante, el canónigo de Salamanca José Artero, del servicio militar de recuperación de objetos de culto, hizo las aspersio­nes de ritual a los que entraban, cantando las antífonas y el miserere de reconciliación litúrgica. Según la crónica de Dia­rio Español del 24 de enero, Artero «hizo una plática de hon­do sentimiento español». Si creemos el testimonio del enton­ces seminarista Salvador Ramón, reproducido por Hilari Raguer, tan hondo fue el sentimiento español del canónigo Ar­tero que dijo allí, bien fuerte, animado por la ocasión; «¡Pe­rros catalanes! ¡No sois dignos del sol que os alumbra!»

Una semana después, el domingo 29 de enero, tras la caída de Barcelona, se celebró en la Plaza de Cataluña una masiva


Acto de confirmación masiva. Barcelona, 16 de julio de 1939. La identificación del clero y de las masas católicas con los vencedores de la guerra originó pomposas ceremonias político-religiosas de unión entre la Religión y la Pa­tria. (Foto: Josep Brangulí, Archivo Nacional de Cataluña.)

misa de campaña presidida por el general Juan Yagüe, el con­quistador. «Esta es una ciudad que ha pecado en gran medida, y que ahora debe ser santificada. Hay que instalar altares en todas las calles de la ciudad y decir misa continuamente», le dijo a Dionisio Ridruejo el nuevo gobernador militar, el gene­ral Alvarez Arenas. La entrada oficial en Barcelona la acaudi­llaron las tropas del cuerpo del ejército de Navarra del general José Solchaga Zalá. En palabras del agregado militar británi­co en Burgos, «los navarros marchan en cabeza no porque hu­bieran combatido mejor, sino porque son los que tienen un odio más acendrado» a Cataluña y a los catalanes.

«La sombría esclavitud de la ciudad había terminado», sentenciaba Francisco Lacruz en su relato sobre «la revolu­ción y el terror» en Barcelona. Tanto habían pecado sus habi­tantes que la visión que ofrecía la capital catalana a sus liber­tadores era «dantesca»: «el hambre, los sufrimientos y el terror le han convertido en una población de muertos vivos, de seres alucinantes, de espectros». Los barceloneses que que­daban salían a aclamar a los vencedores, «famélicos, envejeci-


dos...», sacando fuerzas de flaqueza. «Han pasado sobre ellos los terribles años rojos, que no tienen dimensión, que carecen de medida en el tiempo, que son como siglos, como períodos infinitos.»

Aquello no tenía nada del paraíso terrenal que había pinta­do George Orwell. Era un «gigantesco pudridero» sobre el que había pasado «el sovietismo como un espanto milenario». Había que saciar el hambre de los famélicos, recuperar el «an­sia de vivir», el «afán laborioso, tenaz y perdurable de esta gran ciudad española de historia gloriosa» y castigar a todos los responsables de la «dictadura roja».

Como ha señalado recientemente Michael Richards, la ocu­pación de Cataluña «fue concebida en términos patológicos». Víctor Ruiz Albéniz («El Tebib Arrumi»), médico y amigo de Franco de los tiempos de la guerra de Marruecos, recomenda­ba en Heraldo de Aragón del 4 de febrero de 1939 un «castigo bíblico (Sodoma y Gomorra)... para purificar la ciudad roja, la sede del anarquismo y del separatismo..., como único reme­dio para extirpar esos dos cánceres mediante el termocauterio destructor implacable». Y Ramón Serrano Súñer, ministro de Interior de aquel primer Gobierno franquista constituido el 30 de enero de 1938, sabía también cómo tratar el «virus secesio­nista», la enfermedad del nacionalismo catalán: «Tenemos hoy a Cataluña en la punta de nuestras bayonetas», declaraba al Noticiero Universal el 24 de febrero de 1939: «La cuestión de dominio material es cosa de poco tiempo. Estoy seguro de que la incorporación moral de Cataluña a España se produci­rá tan rápidamente como la incorporación militar.»

La incorporación moral era tarea de la Iglesia católica, el auxilio espiritual ideal para la ocupación de una tierra asolada por la persecución religiosa más «acerba» de la historia. Mi­guel de los Santos Díaz y Gomara, obispo de Cartagena, el mismo que deseaba que en las brechas abiertas por los caño­nes floreciera el Evangelio, fue nombrado administrador apostólico de Barcelona y en su primera «Salutación pasto­ral», el 25 de marzo, aportó su granito de arena a la teoría del «cáncer» padecido por la sociedad catalana: «Abran bien los ojos y persuádanse de su supuesta equivocación cuantos, se-


ducidos por un falso señuelo de independencias secesionistas, se aliaron, consciente o inconscientemente, con tan pérfidos enemigos de lo más santo y lo más sagrado.»

Equivocado había actuado también Francesc Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, a quien el Gobierno de Franco le prohibió volver a su sede. El embajador español en el Vaticano, Yanguas Messía, se lo comunicó al cardenal Pacelli el 29 de enero de 1939: «No es el Gobierno quien se de­clara incompatible con el Cardenal Vidal y Barraquer; es el Cardenal quien se ha declarado incompatible con España. Se declaró ya por sus viejas maniobras a favor de una Iglesia catalanista y antiespañola; se declaró luego al no firmar la "Carta colectiva" del Episcopado español; se ha declarado, en fin, por sus innegables concomitancias y enlaces con el Co­mité rojo que, hasta la liberación de la ciudad, tuvo su sede en Barcelona. No puede volver a España, y urge resolver, en bien de la Iglesia y del Estado, el ineludible problema que esta realidad plantea.»

Que el Gobierno de Franco «se veía obligado» a prohibirle la entrada en territorio español se lo dijo en persona Yanguas a Vidal i Barraquer en una conversación que ambos mantuvie­ron en Roma el 16 de febrero. Mejor sería, le espetó Yanguas, que aceptase «las consecuencias de su conducta (...) su actua­ción remota, pasada y presente, en materia tan esencial para el Movimiento Nacional y sobre la que no cabe ninguna especie de transacción, como es la unidad de la Patria».

Siempre la Patria. La conquista material y religiosa exigía castigos físicos, asesinatos y el desmantelamiento legislativo del período republicano. Las tropas republicanas se retiraron hacia la frontera francesa de forma desorganizada. Según la descripción de Manuel Azaña, «la desbandada cobró una magnitud inmensurable. Una muchedumbre enloquecida atas­có la carretera y los caminos, se desparramó por los atajos, en busca de la frontera. (...) El tapón humano se alargaba quince kilómetros por la carretera. (...) Algunas mujeres malparieron en las cunetas. Algunos niños perecieron de frío o pisotea­dos...». Las bombas y los ametrallamientos de la aviación franquista causaron numerosos muertos y heridos.


La venganza contra la Cataluña roja reavivó el terror «ca­liente», con fusilamientos in situ, sin juicio previo y antes de que comenzara de verdad la «operación quirúrgica» puesta en marcha por la maquinaria de la jurisdicción militar. Desde la total ocupación de Cataluña hasta el triunfo total del ejército de Franco pasaron cincuenta días de desmadre anticatalanis­ta, en forma de palizas, vejaciones a las mujeres rojas, saqueos y destrucción de bibliotecas y de asesinatos de aquellos que «tenían las manos manchadas de sangre» y no pudieron esca­par. Los diplomáticos británicos, en un balance realizado dos años después, pensaban que el «trato recibido por los catala­nes es peor que el que han sufrido las víctimas de la Gestapo y la OVRA».

Con la caída de Barcelona y la conquista total de Cataluña, la República agonizaba. Los gobiernos de Gran Bretaña y de Francia reconocieron por fin oficialmente al de Franco. Ma­nuel Azaña dimitió como presidente de la República. El golpe del coronel Segismundo Casado empeoró las cosas. Inauguró una desesperada y costosa lucha fratricida en esa República moribunda y no consiguió ninguna «paz honrosa», sino una rendición sin condiciones, lo que Franco, los militares, las au­toridades civiles y la Iglesia católica habían anunciado in­sistentemente, es decir, el aniquilamiento del régimen republi­cano y de sus partidarios.

Quedaba todavía el drama de Alicante. Unas 15.000 perso­nas, entre jefes militares, políticos republicanos, combatientes y población civil, se apiñaban en el puerto. Los italianos llega­ron a la ciudad antes de que gran parte de esa multitud pudie­ra embarcar en buques franceses y británicos. Muchos de los capturados fueron ejecutados allí mismo. Otros, prefirieron el suicidio antes que ser víctimas de la represión franquista.

«Cautivo y desarmado el ejército rojo», la guerra terminaba con el triunfo total de las tropas «nacionales» de Franco. Leo­poldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, publicaba el mismo día de la «liberación» de la capital su pastoral «La hora presente»;

«A la sombra de la bendita bandera gualda y roja que nos lega­ron nuestros padres, y al amparo de nuestros heroicos soldados y milicias voluntarias, gozad ya de la paz, que, con tantos anhe-


los, con tantas vivas ansias, os hemos deseado y hemos pedido a Dios para vosotros.» La guerra había sido necesaria e inevitable porque «por los caminos ordinarios España ya no podía salvar­se» y «la hora presente» era, ni más ni menos, en todo el mun­do, pero «singularmente» en España, «la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revo­lución Francesa». Había que rezar por los perseguidores de la Iglesia, que buena falta les iba a hacer, y por el «glorioso Caudi­llo deparado por Dios a España», para quien pedía «luces y asistencia divina a la medida de sus deseos, que es como decir a la medida de las necesidades y de la gloria de España».

El catolicismo y la patria se fundían, liberados por la cruz redentora. «Haced catolicismo» y «no temáis que sea remedio anacrónico», había dicho el cardenal Goma dos meses antes: «con ello haréis Patria, una, grande, libre, ya que nos place hoy el triple adjetivo».

La Iglesia estaba loca de contenta, con la inmensa gratitud que una «víctima inocente siente hacia su generoso defensor», les declaraba a los periodistas ingleses y franceses el obispo de Gerona José Cartañá. Entre la Iglesia y el Gobierno de Franco no existía otra relación que la que reclamaba «la doctrina ca­tólica y la tradición española». Y el episcopado, al apoyar al ejército liberador, se había atenido al cumplimiento de su «sa­grada misión, implorando bendiciones para los defensores de la causa de Dios y de la Patria».

No eran sólo bendiciones, como sabemos. Pero no iba a ser la Iglesia la que aguara la fiesta, después de lo que había costa­do, del calvario padecido en la zona republicana y de ponerse, de día y de noche, la «máscara clerical» para tapar el extermi­nio emprendido por los militares casi tres años antes. Momen­tos de fiesta, tedeums, resurrección de España y de honra a los mártires de la cruzada, a los «caídos por Dios y por España». Los rojos asesinados, mil veces merecedores de su castigo, bien muertos estaban. Y del resto, de todos los demás venci­dos pero todavía no muertos, ya se encargaría la justicia «magnánima y cristiana» de Franco.

«¡Atrás, pues, otra vez!», escribía ya desde su exilio el ex sacerdote Marino Ayerra, resumiendo lo que significaba ese


triunfo de Franco y de la Iglesia: «¡A los tiempos heroicos de la España imperial y católica! ¡A los títulos nobiliarios, a los privilegios y a las prebendas! ¡A la unidad de la fe, a la Inquisi­ción, a la previa censura! ¡A la separación en clases, a la opu­lencia en los unos y la miseria en los otros! ¡A la tranquilidad en el orden, a obedecer y a callar!»

«El triunfo de la Ciudad de Dios»

Pocas horas después de anunciar que el ejército rojo estaba cautivo y desarmado, el Generalísimo recibió un telegrama de Pío XII, el antes cardenal Pacelli, que había sido elegido Papa el 2 de marzo de ese mismo año, tras la muerte inesperada de su antecesor Pío XI el 10 de febrero: «Levantando nuestro co­razón al Señor, agradecemos sinceramente, con V.E., deseada victoria católica España. Hacemos votos porque este queridí­simo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas y cristianas tradiciones que tan grande la hicieron.»

No era para menos. Una victoria como ésa merecía la ben­dición apostólica. Y Franco de verdad que se lo agradeció: «Intensa emoción me ha producido paternal telegrama de Vuestra Santidad con motivo victoria total de nuestras armas, que en heroica Cruzada han luchado contra enemigos de la Religión, de la Patria y de la civilización cristiana. El pueblo español, que tanto ha sufrido, eleva también, con Vuestra San­tidad, su corazón al Señor, que le dispensó su gracia, y le pide protección para su gran obra del porvenir.»

Tampoco podía faltar a la cita de la felicitación el cardenal Isidro Goma, quien desde Pamplona recordaba a Franco el 3 de abril «con qué interés me uní desde el comienzo a sus afa­nes; cómo colaboré con mis pobres fuerzas y dentro de mis atribuciones de Prelado de la Iglesia a la gran empresa; no le han faltado nunca mis oraciones y las de mis sacerdotes».

Goma se sentía por ello «con derecho especial a participar de su gozo en estos momentos de triunfo definitivo». España y su Iglesia pudieron hundirse para siempre y, sin embargo, Dios, «que ha hallado en Vuecencia digno instrumento de sus


planes providenciales sobre la Patria querida», lo había evita­do. Dios y la Patria pagarían al «glorioso Ejército español» y «especialmente» a Franco «el colosal esfuerzo que han debido realizar para dar cima a la gigantesca empresa». Y les paga­rían «con el amor del pueblo» y con «años largos de vida para seguir trabajando en la paz como lo ha hecho en la guerra».

Las palabras de Goma resultaron proféticas, una especie de maldición para la España vencida que tuvo que padecer los «años largos de vida» en paz del Caudillo. Franco aprovechó la respuesta, firmada en Burgos el 11 de abril, para elogiar «el callado martirio que sufrieron los representantes de nuestra fe» y agradecer la «asistencia espiritual» de la Iglesia que, «producida en instantes de máxima incomprensión, daba al mundo noticia de nuestras reservas espirituales y del verdadero sentimiento del Movimiento Nacional». También él pagaría a la Iglesia esa colaboración con un sitio privilegiado en la «fór­mula justa, patriótica y cristiana» que en esos momentos se ponía en marcha.

La Iglesia y el régimen que emergió victorioso de la guerra pasaban su «luna de miel», en expresión de Alfonso Alvarez Bolado, mientras los cementerios, las cárceles y los campos de concentración franceses se llenaban de rojos. Una luna de miel con signos inequívocos de durar, bendecida además, y en esa ocasión a lo grande, por el célebre radiomensaje que a las diez de la mañana del 16 de abril Pío XII dirigió a la «católica Es­paña». El Papa se congratulaba «por el don de la paz y de la victoria», confirmaba el carácter religioso de la guerra, recor­daba a los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles «que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la Religión católica», y pedía seguir «los principios in­culcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo de justicia para el crimen y de benévola genero­sidad para con los equivocados».

«Justicia para el crimen y benévola generosidad para los equivocados» era decir lo mismo que ya habían dicho por acti­va y por pasiva los obispos españoles: que unos eran culpables, otros estaban engañados y a todos los mediría con el rasero adecuado la «magnánima» justicia de Franco. En realidad, lo


que importaba, y eso sí que lo decía Pío XII, era que los «desig­nios de la Providencia» se habían vuelto a manifestar una vez más sobre la «heroica España», nación elegida por Dios desde tiempos inmemoriales, que acababa de dar «a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu».

Franco y Goma se quedaron entusiasmados con el mensaje, con la confianza que la Santa Sede mostraba en esa mitad de España y en su redentor. El mensaje lo redactó, por encargo del Vaticano, el sacerdote jesuíta Joaquín Salaverri, un gallego de Mondoñedo, profesor de Historia de los Dogmas en la Pontificia Universidad Gregoriana. Discutió con el Papa el texto y logró incluir el término «victoria» en el primer párrafo, pala­bra que Pío XII quería omitir. Salaverri escuchó desde la Uni­versidad Gregoriana el radiomensaje en aquella mañana del 16 de abril con una cincuentena de españoles e hispanoameri­canos. «Magnífico», dijeron: «no se podía pedir más; es el broche de oro de la gesta religiosa española». Y ésa era la opi­nión de la mayoría del clero español, los responsables de que esa guerra de tres años recién concluida hubiera adoptado desde el principio un significado religioso, de cruzada contra los «nuevos sarracenos».

Hubo también en Roma un tedeum y «recepción por el fi­nal victorioso de la guerra», organizado por el cardenal Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, celebrado el 12 de abril en la iglesia jesuíta del Gesú con la participación del Co­legio Cardenalicio y de la Secretaría de Estado del Vaticano. Pero nada comparable a la suntuosidad de la celebración mili­tar y religiosa de la victoria que tuvo lugar en Madrid un mes más tarde.

El 19 de mayo de 1939 ciento veinte mil soldados desfila­ron ante su Caudillo como «Ejército triunfador y pueblo he­cho armada milicia», en una apoteósica ceremonia político-militar en la que España, según el resumen de ABC del día siguiente, mostró «al mundo el poderío de las armas forjado­ras del Nuevo Estado», de la «segunda reconquista». La exhi­bición sirvió, en opinión de Paúl Presión, «para identificar a


Franco con Hitler y Mussolini, asociarle con los grandes gue­rreros medievales de la historia de España y humillar a la po­blación republicana derrotada».

Antes de la ceremonia, el general José Enrique Várela, como delegado del Gobierno y «en nombre de la Patria», im­puso al Generalísimo la Gran Cruz Laureada de San Fernan­do, la máxima condecoración instituida durante la llamada guerra de la Independencia de 1808 bajo el patrocinio de la orden militar de San Fernando, que sólo se concedía al rey «o a quien en su falta ejerciese el poder ejecutivo». Varios ayun­tamientos habían solicitado la concesión de esa Gran Cruz a Franco, el redentor y liberador de la nación española. El gene­ral Francisco Gómez Jordana y Souza, conde de Jordana, vice­presidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores, leyó el texto del decreto en el que se justificaba esa concesión de los máximos honores acordados «por los caballeros laurea­dos» al Caudillo, «quien con sobriedad magnífica dio cuenta de la terminación de la campaña en el histórico parte».

Franco, situado en la tribuna levantada en el paseo de la Castellana, vestía uniforme militar, con la camisa azul de Fa­lange y la boina roja de los carlistas. El desfile lo encabezó el general Andrés Saliquet. Por allí pasaron durante cinco horas todos los que habían contribuido a forjar la victoria y a llenar de sangre el territorio español: los camisas negras italianos, los falangistas, los carlistas con sus crucifijos, las tropas regu­lares, la Legión Extranjera y los mercenarios moros. Tampoco faltó la exhibición simbólica de señoritos andaluces montados a caballo. Cerraba el desfile el general Von Richtofen de la Le­gión Cóndor. Varios aviones formaron en el cielo las letras de ¡Viva Franco! En su discurso. Franco dejó bien clara su deter­minación de borrar del mapa a las fuerzas políticas derrotadas en la guerra y de permanecer siempre alerta contra «el espíritu judío que permitió la alianza del gran capital con el marxis­mo».

El ejército, la aristocracia y el «pueblo hecho armada mili­cia», reminiscencia del tradicionalismo católico pero reflejo también de la ideología fascista, se daban la mano en la glori­ficación de Franco. También contribuyó al boato el rey Alfon-


Franco ofrece su espada al cardenal primado, Isidro Goma, en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid. 20 de mayo de 1939.

La alianza entre la cruz y la espada quedó sancionada religiosamente el 20 de mayo de 1939 en la iglesia de Santa Bárbara, en la plaza de las Salesas de Madrid, cuan­do Franco depositó su espada vencedora a los pies del Santo Cristo de Lepanto. (Foto: Archivo EFE.)


so XIII, quien le envió una carta de felicitación por la victoria, en la que apoyaba la concesión de la Gran Cruz y en la que se ponía «a sus órdenes como siempre para cooperar en lo que de mí dependa a esta difícil tarea seguro de que triunfará y lle­vará a España hasta el final».


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